17 de marzo de 2009

Sueños con Focas.- Primera Parte

Pocas veces tuve una necesidad tan grande de comunicar aquello que habia soñado. De hecho, me desperté con la certeza de que la gente lo tenía que saber, de una u otra forma.

Es un sueño rarísimo, no solo por el hecho del final que tiene, sino por la misma trayectoria absurda que lleva en toda su extención esta historia, como pasa cada vez que nos aparece una de estas historias oníricas.

Todo comienza en una escena improbable, pero en contrapartida totalmente pausible, y luego todo se degenera, como verán: 

     "Iba en el asiento del acompañante, como de costumbre, en la "citronave" de Facundo como en tantos otros viajes. Teníamos una charla animada, pero al principio lo único que podía entender de la misma era la expresión grave que él tenía mientras hablabamos. Era algo típico, simpre que algo le preocupara o molestara su seño se fruncía notoriamente, obscuraciendo su expresión facial.
      De a poco las palabras y el ambiente empezaron a serme familiares, haciendo que los sonidos empiecen a llegarme de a poco a mis embotados oídos:

          - ...no nos tiene que pasar lo de la otra vez. Acordate que la última vez que ella organizó un asado nos terminamos cagando todos de hambre. Así no va la cosa.
         >> Además, que se deje de joder...
          - Ah! Mirá que copado que les quedó eso, Facu. No es el lugar ideal, pero calculo que va a servir.

       (Y aquí se empieza a distorcionar todo) Mirando hacia afuera veo que estabamos, ni más ni menos que en Los Antiguos, pasando por el frente de nos terrenos que sn de mi abuela, y que desde el límite de los mismos hasta la calle tiene una amplísima vereda que la propia municipalidad se encarga de mentener cubierto de un verde cesped y de florecidas rosas durante el período estival en ese punto del globo. Y entre las plantas de rosas (que no son de gran porte) hay aproximadamente unos tres metros, en donde se habían montado unas pequeñas estructuras de metal, de hierro estructural más precisamente, que estaban pintadas de azul y que formaban algo así como el esqueleto de un cubo. Y de hecho algunas pocas de las 10 o 15 que se habían hecho, estaban con las caras laterales cerradas con alambre tejido romboidal de una forma rústica, muy habitual en el pueblo. Pero lo más extraño de todo era que algunos de estos estaban ocupados por carpas individuales que asocié directemente con el sentid final de toda aquella locura que tomé con total naturalidad, el cual era el albergue de turistas y mochileros que llegaban al lugar como paso.

        - Les quedaron dentro de todo bien, pero se podrían haber jugado un poquitito más...
        - Si, la verdad que tenés razón. Bueno, bajemos a comprar. 
  
     En ese momento estabamos en la avenida 11 de Julio, nos estacionamos y nos bajamos. Intuitívamente fuimos al que era nuestro destino, la carnicería. Pero esta se diferenciaba mucho de las que cualquiera pueda llegar a imaginar. Era de hecho, una casa bastante grande y alta, hecha de adobes que estaban pegados con barro. La puerta era de talones de madera labrados a hacha y lijados con una escofina manual, que no calzaban bien ni entre ellos ni tampoco con el marco, lo que dejaba grandes entradas de aire. Todas las ventanas se limitaban a un solo ventiluz que daba hacia la calle, hecho con la misma madera conque había sido construído el marco de la puerta, y por lo que se podía observar, tambíen las cabriadas. Y además no tenía vidrio, sino que en contrapartida tenía un alambre tejido "pajarero". Al momento de entrar, noté que esta precaria construcción no tenia cielorazo, por lo que la estructura de techo (tambíen de madera de álamo) dejaba ver aquellas antiguas chapas de un material blando, fácil de clavar y además muy negro.


  Hasta aqui la primera parte, luego seguiré con mi relato.

3 de marzo de 2009

El Estanque

Cierto día se me ocurrió volver al estanque. Y la verdad que uno quisiera ver las cosas que vi cada vez que visita esos parajes tan propios, como en este caso, mi espejo de agua. 

Estaba cambiado, pero de una forma particular. Pequeños retoños crecían y un verde muy claro y renovado inundaba el paisaje. Los árboles se veían esbeltos y muy fuertes, hasta arrogantes. Sus vecinos más pequeños tampoco lo hacían mal, de hecho cojines y gramineas disputaban su valía en la parte baja del terreno, contorcionándose y ordenándose para atraer cada vez más la mirada. 



Visitantes no se avistaban, ni siquiera rastros de estos, pero pronto estarían por llegar, puesto que el magnetismo que irradiaba esta vez aquella lejana locación era fascinante y hasta cautivador. Creo que ninguna criatura viva que pase cerca podría dejar de sentirse por lo menos extraño, y con la seguridad de encontrarse cerca de algo que impone su respeto por el sólo hecho de existir de la forma que lo hace.

En el centro se hallaba aquella frágil existencia. Un pequeño cuerpo de agua que es el que le da ese misticismo a todo el lugar, de un agua tan pura y cristalina que resulta etérea; de una naturaleza indescifrable, cuyo propio carácter deja ver por momentos a esos térreos guijarros que adornan el piso gredoso de la laguna, y que en otros instantes nos muestra la magnifisencia de un cielo sin el menor rastro de un nube. 

Realmente me gusto verlo así, de esta manera. Con la escolta de aquellas montañas, coronadas de nieve y piso de laja desgajada, que nunca abandonarán la existencia milagrosa de este lugar. Lugar que parece esperarme con ansias cada vez que lo encuentro en una nueva primavera, y que me despide melancólicamente en cada otoño cuando se retira a dormir bajo esa protectora manta de nieves límpidas y fractales. 

Este es mi lugar y hoy me invita a seguir. Tiene unos impulsos renovados y aunque sus componentes son los mismos, piensa seguir reinventándose hasta que no pueda hacerlo más. 

Y con esas fuerzas me encuentro yo hoy por hoy. Con la sensación de que las cosas están en su sitio y que de ahora en más, todo tiene que andar como corresponde, puesto que ya no hay más engranajes sueltos ni tornillos flojos, sólo una maquina aceitada capaz de trabajar en todo su esplendor, y con ansias de acoplarse a algo aún más grande que se construirá con el tiempo y que nunca parará de crecer.

15 de octubre de 2008

Examen


Una caricia al corazón, y al ego tal vez. Los exámenes de matemática para mi son algo especial, no sé porque.

Teorías puedo elaborar muchas respecto a porque puede ser, pero creo que la que más se acerca a la realidad es la que, en resumidas cuentas, me dice que me hacen refrescan de vez en cuando de todo aquello de lo que soy capaz y que aquellas frustraciones, pequeñas la mayoría y otras no tanto, no son mi verdadero yo y no reflejan lo que soy en verdad.

Creo que es eso, creo que frente a esos exámenes en vez de ponerme nervioso frente al reto, me pongo como un chico que esta por jugar y que sabe que luego de jugar no va a tener que preocuparse de recoger los juguetes y llevarlos a la caja respectiva, y que encima lo van a felicitar y van a darle un dulce antes de dormir.

Hoy al momento de terminar de leer los enunciados, vi que aunque me llevaría tiempo, ese parcial ya estaba resuelto y que no había nada que me impidiera hacerlo de principio a fin.

Tengo una sensación muy parecida a la que tuve cuando escribí "Paz y Matemática", y como dije aquella vez, en esta no me importa si me ponen un 10 o un 4, lo único que me importa en este momento es que di lo que tenia que dar, ahora depende de otros, y yo quedo con la sensación de deber cumplido y feliz.

6 de octubre de 2008

Cansancio

Estoy cansado, mucho. Hoy me aflojaron un poco la cuerda, lo que esta bueno. Pero necesito aire y agua libres.

Y lo peor de todo es que no sé si quiero volver a perseguir salmones la verdad...

27 de septiembre de 2008

Lluvia

Que paz que da la lluvia!

Pero no esas lluvias pesadas y apremiantes que te empapan a los 20 metros de haber dejado la puerta de tu casa, sino esas finas lluvias que además de humedecer levemente tu ropa, penetran a través de tu piel y lavan tu corazón de todas las impurezas e inquietudes que te vienen apremiando desde hace mucho tiempo.

Me encanta la lluvia... No hay nada que hacerle. Pero no me refiero al fenómeno físico que se describe como: "la caída de agua al estado líquido desde un punto a gran altura hacia la superficie terrestre". No. Me refiero a el ambiente cuando llueve. A mi debajo de la lluvia, caminando lentamente por cuadras y cuadras de casas bajas, con lindas plantas, viendo aparecer ante mi una plaza que no había visto nunca, comiendo chocolate, escuchando pájaros, y sobretodo viendo.

Lo que me acaba de pasar es hermoso. Salí de casa con la única intención de comprarme un helado. Que sé yo, se me había antojado un helado en un no muy frío día de lluvia. Fui hasta el kiosco a media cuadra de casa y por una de esas casualidades de la vida, estaba cerrado. Decidí entonces que con las ganas no me iba a quedar y fui hacia otro que está diametralmente opuesto al de recién respecto de mi departamento, y al que no voy muy seguido porque queda "para atrás" si es que cabe la expresión. Es que la salida que tengo da hacia un lado y el centro, la parada del colectivo y todas las cosas que generalmente hago en el mismo sentido. Bueno cuando estaba llendo empecé a sentir una frescura particular a mi alrededor y la somnolencia que me había abordado después de comer me empezaba a abandonar. Eso me dio ese "no sé que" que me da siempre la lluvia y me dí cuenta que en realidad yo no conocía la "parte de atrás" del barrio.

Mientras pensaba en todo pero en nada en particular caí en la cuenta que el kiosco al que iba había quedado cuatro cuadras antes, que estaba cerrado y que el chocolate que estaba paladeando lo había comprado en otro local distinto.

Pero de todas formas observaba, grandes racimos de pequeños frutos rojos, un púrpura perfecto de las hojas de las plantas santa rita, hojas de todas las formas y tamaños con un verde que invadía todo lo que uno podía llegar a imaginar y de repente, al medio de la ciudad un gran predio sin edificar, con un par de arcos de fútbol, unas hamacas y un par de cosas por el estilo. Y sin querer estaba pensando en Los Antiguos y a la vez en Tandil.

En Los Antiguos porque por un instante creí llegar a casa, porque aunque el paisaje es totalmente distinto, tuve la sensación de entrar en el portón azul de la chacra para llegar en pocos metros a comer tortas fritas en la mesa que hizo Don Juan al costado del fogón de ladrillos con un par de troncos de cerezo y alguno de álamo ardiendo a todo vapor. Pero cuando se fue esa ilusión no me sentí mal ni mucho menos. Sentí que eso es una de las pocas cosas que tengo y que llegado el caso nadie, pero nadie me va a poder sacar.

Y otros de esos momentos y recuerdos me llevaban a Tandil. Ambos en días muy parecidos a este. El primero de ellos era uno de los primeros días después del ingreso, un gris martes sin cursada y en la ventana más grande de mi departamento golpeaba suavemente la lluvia, así que en vez de ver programas de televisión sin sentido decidí mudar el colchón desde la cama hasta ponerlo en primera fila ante ese maravilloso espectáculo, el cual me acurrucó cantándome el "pío pío" como lo hacían mis papás cuando era chico.

El otro momento fue un tanto distinto, ya que en vez de quedarme en casa esperando protección de algo o alguien, quise ir a encontrarme con la soledad en los empedrados del centro y terminé con su prima tranquilidad mientras leía noticias que hoy no recuerdo en Clarín mientras tomaba un submarino en Liverpool Pub.

Creo que por eso me gusta la lluvia, no se porque más. La sensación de calma, paz y protección que me genera es algo que es casi imposible de describir. Y espero algún día hacerlo acabadamente, pero por ahora esto es lo que tengo.

Suerte, nos vemos.